Intemperie, de Eduardo Lalo


La literatura, o la gran tradición de la derrota

Incluso en los márgenes hay márgenes, y es ahí donde la voz anida y resiste mientras la cultura se atiborra hasta la asfixia del ruido del vértigo de la novedad reciclada y sus interminables imitaciones. Desde Puerto Rico, Eduardo Lalo suma, con Intemperie, un ladrillo más a su elusiva y epifánica obra de fragmentos preciosos que no hace más que confirmarlo como uno de los autores más singulares, esquivos y brillantes de Latinoamérica, con Fernando Vallejo, Aira, Felipe Polleri y un puñado más.

Quizás resulte arduo poner el dedo con firmeza en el género de este texto. Sin ser una novela y sin empezar a ser un ensayo, es un poco ambas cosas pero no por caer presa de la aleatoriedad, sino porque se da a la pureza del discurrir del habla: lo oigo como si me hablara. Lalo nos deja un texto que pareciera despojado de procedimientos, de peripecias, de imposturas, donde late la solitaria labor de escribir como un mantra, una abdicación del mundo, una última verdad personal.

Hay un más allá de la proliferación de ideas gloriosas y de reflexiones oscuras y deliciosas: la sensación de que queda en nosotros la humedad del aliento de la voz de alguien a quien lo único que le queda en el mundo es su pluma y su libreta.

No soy partidario de los desdichados paralelismos con el dogma, pero para aproximar a quien aún no sepa mucho de Lalo (que de todos modos ya ganó el Rómulo Gallegos, y ya se peleó públicamente con el rey de España) cabe esbozar que sería algo como el Pascal Quignard del Caribe, sin la inextricabilidad, o un Baudrillard, pero sin dandismo. Leyendo a Lalo rozamos, de un modo muy singular, la riqueza interior y la desolación. No fueron pocas las veces que sospeché que Lalo busca en la escritura desaparecer.

Y no de un modo romántico, sino de un modo fáctico. No de un modo literario. Sino de un modo verdadero. Como alguien que, en el fin, no concluyó, y trata de parir su final y su descanso escribiendo para sacarse de sí el yo mismo, y vacío darse a la nada.

Me gustaría decirle a Lalo que de las formas de morir, escribir es la más lenta.

Sin desplegar las magias de la ficción que lo han legitimado, Lalo ejecuta un texto rebosante en literatura que habla con belleza y precisión de la literatura, y de paso del mundo, con el que ajusta cuentas de un modo tan sanguinario como poético. Podemos enmarcarlo bajo el aura de Galeano, con el que comparte la lucidez, pero la atmósfera de Lalo es tenebrosa y cansina, sin las pompas del que desea convencer. Lalo susurra con la serena certeza de los derrotados.

Abandono cualquier tipo de pretendida objetividad. Me encanta Lalo. Esconderlo sería una falta de elegancia.

Me acuerdo de que leí a Lalo por culpa de Federico Gori, que pasó por la librería en la que trabajo y me regaló Simone. Me dijo “tenés que leerlo”; y tenía razón. Siendo yo un devoto de los fragmentos, la buena prosa y las referencias no tuve más remedio que hacer un lugar en mi acotado panteón personal para dejar entrar a Lalo.

Es tan grato como inusual que todos los procesos que sufre el texto de Lalo para volverse un libro y circular por esta ciudad fueron ejecutados por gente que ama el libro con un romanticismo infrecuente en la industria- esa industria fría y mercenaria que Lalo en Intemperie criticará y despreciará de mil maneras, pero a la que encuentra la mejor respuesta con el propio texto como forma, bello, grato, simple, sin relleno, sin peripecias, sin vanidad, sin necesidad de ser un libro tanto como una voz.

He visto pocas veces en este breve y ancho siglo el acto de escribir capturado en toda su gloria y toda su oscuridad como Lalo lo hace, con la llaneza religiosa de quien ha morado largos años en el silencio de la escritura, en la intimidad del trazo de cada letra como un momento crucial de existir. Yo amé estas páginas, y las oscurecí subrayando como un psiquiátrico infinidad de líneas que quería que se quedasen conmigo. Y siendo desde hace décadas un rehén de los procesadores de texto a la hora de escribir fue tal la impresión que dejaron en mi las palabras de Lalo que fui a la librería de la vuelta y compré un cartucho negro para la lapicera de pluma y volví al garabato.

Sea como sea, hay muchas cosas que se parecen a otras cosas. Lalo es la isla exótica que habla el idioma que no sabíamos que sabíamos. Después de todo, como dice él mismo, un escritor se representa a si mismo, no a su país, no su lengua: “su único lazo es el de las páginas ennegrecidas que produce su vida”.

Intemperie es la travesía a través del naufragio de sí mismo que es Lalo. Es un sobrio y sombrío diagnóstico de nuestra contemporaneidad, y una oda triste y deliciosa a la labor manual de la escritura.

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