Capítulo cero

apuntes prescindibles para una oda a la ficción

Fictofilia,

a falta de nombre una patología.

Siempre creí que el bien más sublime que posee la humanidad es la ficción. Desde luego, no es poseíble, porque su residencia es intersticial, pero late en la sospecha táctil de que lo que hay no basta. Vibra en el ansia primal de que tiene que haber algo más allá de lo concreto y lo inmediato.

Todo lo que no es. Lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que quizás puede llegar a ser. Ese imperio intangible y rumiante es mi religión. Los universos dentro del universo.

Hay una falla en el principio de todo. Esa falla nos inclina, como especie, hacia las cosas que no son. Somos, después de todo, los únicos en el planeta que necesitamos ficción para vivir. De acuerdo, pueden decirme que hay algunos que bien pueden pasar sus vidas sin la experiencia de la familiaridad con las ficciones. Puedo decir también que eso no es vida.

Todo lo que amamos son cosas que nos sacan de la realidad. El cine, el amor, el alcohol, los cuentos del abuelo cuando éramos niños, la música, los libros.

Utensillos que suspenden el azote del mundo.

Quizás es también una huida, una aversión a lo real. Pero me parece impráctico asumir lo real y la ficción como reveses de una moneda. Lo real es un territorio vasto, insondable y… bueno, bastante feo, en cuyas grietas, en los rincones, alli donde se astilla, allí la ficción fluye y aflora para enmendar o resarcir la poca gracia del mundo.

Y el sentido. No olvidemos el sentido. La realidad es inverosímil. La ficción es una forma ver.

La literatura no es la clarificación de un enunciado, ni es la malversación de los acontecimientos; es el sueño de la historia y es la historia de las soledades y es la interrogación solitaria del cáncer que es el silencio de la eternidad, y es la pasión por un camino que termina en un abismo por el solo placer que nos provoca el paisaje exótico que florece en los márgenes, y es la fe en el artesanato de los símbolos, de que lo que vive y calla en nosotros se sueñe en palabras y roce en alguien algo íntimo y lo haga vibrar en nuestro mismo idioma; y es el lugar, también, donde vi disgregarse mis mejores horas.

Por eso Fictofilia tiene algo de altar y algo de ajuste de cuentas, algo mío y algo tan alquímico como voz de alguien que no esta aquí. Este blog es el documento de ese encuentro.

Los libros son pequeñas cajas donde algo que sólo pasó en la cabeza de alguien naufraga disperso y encerrado, como un objeto desencajado, una pieza que fue parte de un engranaje extinto, forzado ahora a la obsolescencia o a la decoración, aguardando la alquimia de la lectura para reactivar sus magias dormidas.

Fictofilia es un modesto templo que anhela reunir lo escindido: el libro con su lector, el lector con su libro. Y batallar, de paso, con la soledad de la lectura y de los libros, esgrimiendo la bandera torpe de una socialidad: que el silencio de la experiencia de leer se traduzca en algo en lo que podamos encontrarnos.

Fictofilia es también mi baúl.

Allí donde van a parar los textos errantes de mis lecturas. El momento de leer ficción me resulta tan sagrado como efímero, y dejar unas palabras sobre esa intimidad con la voz del otro, el que escribe, esa aproximación al silencio ajeno con el que fue sopesada cada letra, me parece un modo grato de anclar una experiencia que de otro modo se disgregaría, porque fue tan mía, tan silenciosa, tan quieta que casi podría no haber ocurrido.

Sea Fictofilia también el documento de que no enloquecí, que no fue todo espejismos y voces en mi cabeza.

La voz que me susurraba yacía en el libro. Dejo estos artículos como el preso deja la marca de los días en la pared: no para contar el tiempo perdido sino para dejar algo que fije y que nombre que estuve ahí, que ocupé esa parcela del tiempo. Y que quizás signifique algo.

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5 comentarios en “Capítulo cero

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