La perra de mi vida, de Claude Duneton


Los perros que viven para siempre

 

“A una edad en que la razón se me nubla, cuando me he convertido en un hombre de pelo gris, a veces, en mis sueños, siento que acarició perros muertos”, dice Claude Duneton, y con esa línea tiene mi amor por siempre.

I

Especie de prólogo en el que hablo de mi, y no del libro

El defecto mas ostensible de las mascotas es que se mueren. La cláusula espantosa que tenemos que firmar cuando adoptamos un animal es que morirá, que tendremos que verlo morir, ayudarlo a morir. Claro, esto no se aplica si tu mascota es una tortuga, pero una tortuga es algo poco interesante, por eso no hay libros sobre tortugas, y para narrarlas hubo que transformarlas en ninjas adictas a la pizza. Pero si lo que tenemos es un perro o un gato o un pajarito, el mejor de los destinos es una muerte por vejez que dejará en nosotros un vacío insondable. Quien crea que puede sacarse la tragedia con otra mascota mediante el pueril ardid de la sustitución, no entiende el amor inconmensurable que puede vincularnos con un animal, infinitamente más perfecto que el de cualquier ser humano, por ser puro, por ir más allá del lenguaje, más allá incluso de la porquería que seamos, y también por no tener whatsapp.

Yo amo a mi gato. Es el gato más bello y bueno del planeta- al menos de Occidente (hay documentación que avala mis palabras). Y el tuvo que sufrir mis melancólicos abrazos este año, cuando mi facebook se convirtió en una pasarela de amigos despidiéndose de sus gatos o perros muertos. Era, después de todo, previsible. La gran mayoría de mis amigos tienen mascotas, y celebran su existencia en las redes sociales. Pero como la vida del animal es breve, son llorados y despedidos en el altar de la virtualidad. Y como yo amo a mi gato no podía más que sufrir cada animal muerto, cada sufrimiento de mis allegados y amigos, como una oscura profecía que pesaba sobre mi. Esto no ha de curarse. Nuestra casa se vuelve un pasillo hosco y ajeno cuando tú perro ya no está. Abrazo a mi gato para demorar la eternidad. Pero encontré un libro bellísimo que me hirió y me conmovió a la vez, que dio forma a mi tristeza por lo inevitable. Se llama “La perra de mi vida”, y si hubo un perro o un gato que ocupó un lugar íntimo en tu vida, este es esa clase de libro que se queda con vos para siempre.

II

Ahora sí, el libro

Una de las cosas evidentes en La perra de mi vida es obvia, pero no es desacertado clarificarla: cada animal es único y tiene una historia propia, singular, irrepetible. Duneton narra aquí, con la precisión del fragmento que da en el clavo, en una nouvelle simple y enorme, la vida de la perra de su infancia. Leerlo es verla. Es sentir su olor, escuchar su ladrido, reír con sus travesuras.

Siempre creí que la narración de cualquier vida contaba tambien la  de su época.

Asi tambien el relato de un objeto, una piedra, una mesa, una calle contiene en sí la historia de toda su contingencia: el siglo viviría profundo y desplegado en la exhaustiva narración de las peripecias de un plato, de una camisa, un ladrillo o un tacho de basura público.

Duneton verifica esta tesis a través de una perra. Este libro encierra la vida de Rita, su perra de la infancia, y con ella queda retratada la propia vida del autor, su niñez,  sus padres, los pormenores de su barrio, su época con sus tragedias y sus detalles, todo late, todo transpira mientras Rita juega y hace destrozos.

Claude Duneton fue un prolífico y refinadisimo intelectual francés. Escritor, actor (hizo un par con Kieslowski, como Bleu), filólogo , profesor, historiador. Publicó algo así como ochenta libros, pero este es el último y al mismo tiempo el único traducido al español – gracias al incesante rescate de gemas raras de ediciones Malpaso. El mecanismo que halló para volver a su pasado campesino, a su niñez en Lagleygeolle, Corrèze, un pequeño pueblo de la Francia profunda durante la ocupación alemana, fue esa perra.

¿No resulta natural acaso? A mi, para volver a mi infancia me basta con evocar a un gato blanco y negro que tenían mis abuelos, se llamaba Chiche, pero todos los gatos de mis abuelos se llamaban Chiche, no sé bien si por una pereza nominativa o porque aludían a un gato inicial o platónico, de una existencia tan portentosa que había reemplazado en mis abuelos la palabra gato por su nombre. Ese gato es para mi un trampolín nostálgico, una máquina del tiempo. Pienso en él y veo reconstruirse alrededor mío la casa de mis abuelos, el jardín que cuidaba mi abuelo, el viejo patio, y cientos de historias, y entre ellas mi vida, o la de ese que fui y de todo lo que ya no es.

Duneton, en cambio, lo logra sin melancolía, sin lirismos innecesarios, en una prosa sobria, sencilla, en una nouvelle indisimulablemente autobiográfica que apenas araña las cien páginas, que se lee de una sentada y que nos deja ansiando más.

Rita es terrible, y se la pasa haciendo lío. Siempre estan a punto de echarla. Los padres son rudos, campesinos, disfuncionales, mezquinos, adúlteros y fáciles de despreciar, Claude de niño también resulta poco querible (lo veremos mentir, negar a Rita tres veces, matar a sus cachorros): la guerra está ahí afuera, alrededor y colándose en todo, y no hay cosa que no afea y no hay espacio libre de su opresión. Rita, entre el paisaje hostil y las personas deshumanizadas, parece erigirse como la última frontera donde se resguarda lo poco bueno que puede quedar cuando todo fue roto.

III

Duneton consigue una forma de gloria con “La perra de mi vida”. El relato de Rita la vuelve una perra única, con su vida específica, con sus detalles inconfundibles, por completo sí misma, pero también, de una forma cálida y sincera, es todas las perras, todas las mascotas, y el lector no puede más que rendirse ante la cercanía de lo narrado, aunque se trate de una perra que vivió hace 75 años, en un pueblito francés.

Y si, tiene algo de triste, pero porque todos los finales son tristes. Pero también hay algo de una belleza imperecedera que persiste en el texto de Duneton: Rita vive: algo que fue y que estaba destinado a perderse en el olvido indiferenciado de todas las cosas que dejaron de ser es salvado por esa forma de memoria viva que es la escritura, es puesto en la vida otra vez: no hay lector que pase por este libro que no se lleve a Rita para siempre.

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