Como si existiese el perdón; el western kafkiano y la moral del desensamble

 

I

Llegué al libro de Travacio virgen de referencias. Leo por día una decena de primeras páginas de novelas, una veintena de contratapas. Quizás me predispuso bien el sello Metalúcida, que señala con su catálogo una valía inusual en los textos de autores jóvenes.

Fui capturado en la primera página.

Recuerdo que ese día no tenía ganas de leer. Estaba apurado, tenía que hacer otras cosas, y tenía también otros textos más urgentes por la mitad. A Como si existiese el perdón no le importó mi agenda. Le tomó minutos ocuparlo todo. Fui preso de la prosa trepidante, austera, sin una frase de más, sin firuletes ni manierismos, precisa con una economía quirúrgica que volvía visible lo que nombraba, visible e inevitable: cada cosa dicha me deja la impresión de que no podía decirse de otro modo.

El tiempo es impreciso, tanto como espacio contextual como por el modo en que fluye. La novela es fragmentaria (62 capítulos en 138 páginas) y esos fragmentos agujerean la eternidad, fijando un puñado de hechos y de acciones, bajo el manto de una ambigüedad embriagante. Es, quizás, un policial de cuchilleros. Un thriller de venganza, allá afuera, en la vastedad del campo. Todo se desencadena de inmediato. En la primera página está sembrado el conflicto, y la estética del texto. Algo terrible ha pasado: pasa de repente, no lo esperábamos, explota en nosotros a pesar de ser transportado con una sequedad y una sutileza admirables.

Ese acto atroz pesará sobre toda la novela como el aire denso de una tormenta venidera.

II

Como si existiese el perdón puede pensarse como un policial, suscribiendo al vasto subgénero del ajuste de cuentas y la redención. Pero es tan bello ver como rehúye de todos los lugares comunes, y encuentra, en cada giro de la trama la ocasión más humana y más verdadera, anulando el heroísmo tonto, los ademanes superhumanos y la épica con el mismo gesto con el que se hermana con el patetismo más claro de estar vivo, al punto que yo no pude dejar de pensar que si lo que pasa en el texto pasase en la realidad sin dudas sería de este modo, con esta sutil arbitrariedad que va de la vida a la muerte sin solemnidad y sin gloria, sino apenas un borrón confuso que nos arrebata y que no tenemos con qué comprender.

Nada de lo que puedo decir de este texto es férreo ni sólido. Esas afirmaciones implicarían cancelar las posibilidades latentes que yacen en la novela. Es un texto fuerte, que elegantemente contiene unas fibras de incertidumbre que la lectura puede capitalizar en numerosas direcciones, a pesar del realismo duro ostensible en cada página. La narración induce sobre el lector una hipnosis cautivante: no solo la prosa, tan simple como delicada, nos desliza con suavidad por las páginas, sino que existe en la nouvelle de Mariana Travacio una administración de la información en el lenguaje que nos impide el descanso y la distensión: lo atroz puede estallar en cualquier línea, lo atroz puede irrumpir desde cualquier lugar: aun cuando el párrafo nos conducía al sosiego, lo atroz anida en la palabra venidera, sea cual sea: si la literatura ha de ser erigida con palabras que pueden cambiarlo todo Travacio tiene un puñado camufladas en Como si existiese el perdón, atrincheradas y atentas a la emboscada.

III

Proliferan las virtudes, pero como Como si existiese el perdón es una gema pequeña y delicada tengo que prevenirme de decirlo todo y de cuidar el suspenso de su aura. A cambio de todo solo diré una cosa más, una de las cosas con las que me quedo y que creo que posee un valor perdurable.

Los policiales se han refinado a tal punto que el ascenso de su propia gracia los alejó de la vida. Esto no implica un defecto en sí mismo. Gracias a ese refinamiento los policiales son entretenidos, divertidos, atrapantes, adictivos, espectaculares, algunos por la truculencia del crimen, otros por la pornografía pollockiana de las tripas y la sangre, otros por la complejidad del enigma, otros por la desmedida locura o genialidad del asesino, otros por la sobrehumana destreza del detective para resolverlo todo, algunos por lo improbable de sus peripecias, otros por la aceleración hipnótica que provoca su coreografía de violencia, etc, etc.

El recurso de la violencia en Travacio es exquisito y filosófico, como la más patética y desoladora película de los Coen. Todos los ingredientes clásicos están presentes en la nouvelle: el amor, la amistad, el asesinato, la locura, la venganza, el origen ruin. Pero el organismo que componen es de una singularidad inquietante.

En la desoladora cosmogonía de Como si existiese el perdón, donde todas las cuentas rinden cero, no hay asesinos implacables, no hay héroes de puntería sublime ni de estrategias ajedrecísticas, no hay infalibilidad ni virtuosismos. En su lugar, hay ráfagas de una violencia ininteligible y venal, hay borrones tropezados, hay barro y niebla, hay hombres anudados a una errancia irredenta, hombres que están aquí como pueden estar allá, y que se matan porque las circunstancias los llevaron a ese lugar donde no pueden hacer otra cosa: de algún modo está todo decidido. En el texto de Travacio hay carne muerta, de repente, sin motivos, sin piedad, sin justicia, sin un significado ulterior salvo la ausencia de rumbo de la existencia.

El asesinato inicial, que erige la trama y dispara a los personajes por el texto, pareciera venir de la nada, de una gratuidad fatal en consonancia con el orden del universo. Los propios homicidas no saben bien qué pasó, cómo llegaron a eso, y se interrogarán una y otra vez a sí mismos y al otro para tratar de entender cómo fue que tuvieron que matar a un hombre, cómo son esos ineluctables resortes de la fatalidad.

IV

Cormac Mccarthy se cruza con Dino Buzzati en este western kafkiano armonizado por una moral del desensamble: el camino del héroe fue borrado por el azote del desierto y aun cuando nada soporta la humanidad que queda, salvo apenas la tibia llama de la amistad (que aquí no es más que una proxemia) lo que resta y lo que salva es hacer el bien, o un bien, que en este mundo desolado no es otra cosa que matar a algunos hombres aunque se vaya la vida en eso.

En la ausencia de sentido de las cosas los personajes comprenden que tienen que hacer algo, tienen que matar a un puñado de hombres, matarlos es lo correcto, es lo que los justificaría y redimiría, podrían no hacerlo, podrían irse lejos, muy lejos, vivir otra vida, pero algo los arroja a enfrentar la sensación de destino que, en la ausencia de todo lo demás, ejerce un llamamiento imposible de desoír.

V

Nouvelle hipnótica, que cautiva y desasosiega (probablemente escrita junto a un Aristides Cabernet Sauvignon), Como si existiese el perdón es un tour de force por el horror de estar vivo y por la ternura de los pequeños momentos en que la vida resiste e intenta, contra la adversidad invencible, forjar un sentido, por más pequeño que sea, y un refugio, por más efímero que sea. Bella en su terror apaciguado, profunda en su elocuente llaneza, Como si existiese el perdón es de lo mejor del 2016, pero me atrevo a sospechar que el 2016 le queda chico.

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2 comentarios en “Como si existiese el perdón; el western kafkiano y la moral del desensamble

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