Teoría general del olvido, de Agualusa


Historia(s) de Angola

Cada tanto, por circunstancias arbitrarias, aparece algo nuevo. No me refiero, en este caso, a la irrupción de una novedad formal, ni al desembarco de alguna nostálgica forma de vanguardia. Sino a un autor que viene de lejos, con una obra prolífica y singular.

El FILBA trajo a un angoleño. Nunca se había publicado un libro suyo en el país. En el mundo literario ya ocupaba un lugar de suma relevancia. Ahora, el inesperado calendario de un festival nos alcanza la oportunidad de enterarnos quién es José Eduardo Agualusa, y deleitarnos con su sencilla y vastísima Teoría general del olvido.

Podría pensarse que se trata de una novela histórica, pero es inevitable acotar su atipicidad. No nos damos cuenta, en la elasticidad de las escenas, en la vertiginosidad de los hechos, en el modo en que engañados creemos que estamos siendo espectadores de una escena nimia, de que poco más de cincuenta años de Angola se están construyendo dentro nuestro, sin gratuidad, sin inocencia, pero de una manera tan sutil que los ruidos de la ingeniería se ven sosegados por el hechizo de las historias.

Agualusa se rehúsa a contar la Historia. Hace, de esta negación, un estilo. Erramos al pensar que la palabra África denomina un cuerpo territorial específico. África es el sonido que evoca y hace desaparecer la bestial polifonía de la segregación de cientos de países y pueblos, con una tradición diversa, como con idiomas o dialectos distintos. El propio Agualusa dice, citado en un artículo sobre la literatura africana de Daniel Gigena que “no hay una literatura africana, como tampoco existe una literatura latinoamericana. Hay muchas. África es un continente inmenso y extremadamente rico y complejo. Cada país tiene su propia literatura. Hay incluso países como Sudáfrica, con varias literaturas en lenguas diferentes, y que parten de diferentes tradiciones”.
Y como la historia es inenarrable, Agualusa cuenta, en su lugar, las historias, de un modo similar al que Godard, negándose a que pudiese existir una Historia del cine, unificada, lineal y cerrada, construye su inagotable Histoire(s) du cinema.

En Teoría general del olvido proliferan un aparente sin fin de relatos exquisitos, piezas, cada uno de ellos, de un engranaje sin astillas. Es en esa pluralidad de personajes y voces que Agualusa lo dice todo (o esa forma análoga del todo que se da en la literatura: no la sumatoria de las partes, porque las partes no suman más que doscientas páginas, pero sí deja en nosotros la experiencia de una Angola, como tuvimos ya la experiencia de Macondo con García Marquez) y lo hace sin que casi nos demos cuenta. Agualusa confía en el poder de las ficciones por sobre la enumeración de meros hechos reales: por eso lo que construye linda con lo imperecedero.

Estamos frente a una novela profusamente coral, y a mí me deja la sensación, a pesar de su velocidad, de su dinamismo, de sus apenas doscientas páginas, de haber leído un novelón histórico, extenso, denso, donde transcurrió con minuciosidad el siglo. El elenco de personajes es vasto, y ninguno carece de un protagonismo vital para el relato, pero sus conexiones son tan orgánicas, y la narración tan limpia, tan precisa, que nos parece que todo lo narrado se ensamblan sin una sola línea de relleno gracias a una labor de maestro relojero que Agualusa ejecuta con elegancia.

Uno de los detalles singulares y más agraciados que se sostienen a lo largo del texto es que, a pesar de lidiar con hechos abominables -como una dictadura, la guerra, la tortura, asesinatos, todo el folclore espantoso que aflora en la penumbra del tiempo inhumano- el tono narrativo de Teoría general del olvido nunca pierde luz ni alegría.

Me parece bello ver el devenir de una nación a través de su momento más oscuro: en personajes pequeños, banales como una vieja y su perro, un niño de la calle, un contrabandista, un policía, un mono llamado Che Guevara, en lugar de grandes agentes políticos o militares. La historia de un pueblo vive en cada integrante del pueblo, en su humanidad, en su destino arbitrario, en su manera de jugar las cartas que le tocaron. En un evento histórico todos los integrantes de un país están forzados a ser parte, a estar implicados de un modo u otro. Después de un evento histórico, los implicados se dispersan, pero todos los que circulan por la ciudad, los que hacen sus cosas, los que viven sus vidas aun cuando se mantuviesen lo más lejos posible del circuito del poder, aun cuando hayan sido solo sujetos del régimen que les cayó encima, todos llevan en si la marca del impacto de aquel tiempo, la guerra o la revolución, sea cual fuese su rol específico, vive en ellos a cada paso, en cada decisión, lo llevan en la inflexión de la voz, en la manera de pararse, lo llevan en los gestos del rostro.
La historia no solo pasa, no deja nada más que un par de fechas y algunas estadísticas poco unánimes sobre los muertos o los desaparecidos. No: la historia se queda: late con los cuerpos, está ahí, agazapada en los detalles. Cuando hablamos, la historia de nuestro lugar murmura en los intersticios de las palabras que elegimos. Cuando callamos, la historia farfulla su peso sobre cada cosa. No hay lo que no signifique: cualquier cosa lo dice todo. Y es ahí, en lo pequeño, en lo banal, en lo cotidiano, donde el ojo de Agualusa detecta la vibración del eco del estruendo de la Historia: es con lo coloquial, con lo mundano, con la irretenible polifonía de la ficción con lo que documenta su Angola.

Hay algo que creo que cualquier lector sentirá a las pocas páginas, y es que Angola no queda tan lejos. Si bien es posible que no podamos nombrar un angoleño (salvo quizás algún memorioso futbolero, que recuerde a win habilidoso o algún lateral con mucha proyección que vimos en el mundial) será un desafío no empatizar ante los horrores acaecidos, y la humanidad de los personajes. Quizás todos los pueblos que hayan sufrido una dictadura estén hermanados sin saberlo por un lazo de sangre que surca la historia, y por el modo en que desanudamos ese lazo, o la manera en que aprendimos a vivir presos de esa sujeción, quizás menos visible con el paso del tiempo, pero inmanente.

Teoría general del olvido funciona de maravillas como una ventana. No es abrumadora con detalles históricos ni con politiquerías. Fluye. Está llena de cuentos y pequeñas historias, y sólo después, más adelante sabremos la ausencia de gratuidad de todo lo narrado: eran piezas de un bloque perfecto, y ninguna pieza quedará suelta o injustificada. Quizás esta perfección en el cerrado, junto con el tono brinden la impresión de un optimismo irredimible. Teoría general del olvido no es un texto de ruptura, sino más bien de conciliación. Cuando la historia acomete con su tiniebla no hay nadie que escape a ser tocado por esa lúgubre sombra, no hay nadie que logre no participar, de una manera o de otra, voluntariamente o no, de lo atroz.

Hacemos lo que podemos con lo que hay, y mañana, cuando las cartas se tiren de vuelta, quizás podamos jugar mejor. Estamos hablando de tiempos que sacan lo peor de cada uno, pero también sacan lo que somos, lo que ya había en nosotros. Ya veremos si somos lo suficientemente complejos como para equilibrar la balanza de nuestros horrores, o si para lidiar con la monstruosidad de la época lo cedemos todo hasta dejarnos ser el monstruo necesario, en cuyo caso la pregunta relevante no es ya ¿sos un monstruo? Sino más bien ¿es tu monstruosidad reversible? Agualusa intenta con el olvido el ademán maduro de una tabula rasa que permita la hazaña inconmensurable de vivir juntos después de tanto.

Venía siendo triste que un autor del tamaño de Angalusa no llegara a Argentina. No sólo por el carácter atípico de poder leer a un autor angoleño, sino porque se trata probablemente del autor de habla portuguesa más galardonado y de mayor jerarquía internacional desde Saramago. Después de haber atravesado la dicha de las páginas de Teoría general del olvido, después de haberme sentido inmiscuido y cercano al destino angoleño, después de ver como por arte de magia cada pieza caía en su sitio con una simplicidad elegantísima me queda la sensación de que con Agualusa nos estuvimos perdiendo algo importante, un autor fuerte, planetario, trascendente.

Y acaso lo más celebrable de los eventos literarios sea proveernos de la excusa que faltaba para poder acercarnos a la familiaridad que habita.

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