Bob Dylan, la poesía, el Nobel y la disolución de las fronteras

Bob Dylan, o de cómo la literatura no ocurre solo en los libros

I

            La herejía suprema ha ocurrido. Aquel que fue llamado Judas es llamado Judas otra vez. A Bob Dylan le dieron el Nobel en literatura. Se lo dieron: el Nobel no se gana: te lo dan. Tampoco le ganó a nadie. En el Nobel no hay nominados. No es una carrera, no se otorga a la ejecución sublime de un objeto puntual (sea un libro, un poema, etc), y pareciera requerir cierta actividad política por parte del galardonado, y que llegue sin morirse del todo a la vejez.

Es un premio polémico, arbitrario, sobrevalorado pero año a año es el galardón más esperado y más discutido. Es un premio dotado de descrédito: no lo tienen Kafka, Joyce, Borges, Calvino, Zola, Proust, Celan. Sartre y Pasternak lo rechazaron. Los detractores de que el premio llegue a Dylan se multiplican y son enérgicos en su indignación. Pero el escándalo es una anécdota de la ortodoxia. No escribo para defender el Nobel ni para justificar a Dylan: todo eso es circunstancial. Escribo porque siento que es mucho más lo que Dylan puede hacer por el Nobel que el Nobel por Dylan: no solo el nombre de Dylan enaltece al Nobel, sino lo que vuelve, por un lado, un debate global, y por otro, amplia los horizontes de lo literario, forzándonos a repensar su naturaleza y sus límites.

II

            No: no se han repentinamente actualizado las fronteras de la literatura de la noche a la mañana. No: no necesitamos una corporación legitimadora que indique el camino, o los desvíos que surgieron. El Nobel es una marca del dogma: premia lo que ya fue normalizado por la cultura y no premia la furia intempestiva de lo nuevo, ni las tempestades quizá obsoletas de las vanguardias. El affaire Dylan/Nobel es una excusa para que pensemos y replanteemos ciertas definiciones ya un poco estratificadas en el campo cultural. Podemos hacerlo, o no. Podemos simplemente aceptar el rol pasivo al que la agenda global nos reduce, y decir sí o decir no. Mi debilidad por la literatura me impide dejar pasar un momento histórico en el puede problematizársela con los amigos, en el trabajo, con el kioskero, en el taxi, o con cualquiera: el affaire Dylan hace Teoría Literaria I con todos nosotros.

            Es curioso que los detractores de Dylan son, en verdad, poquísimos: la mayoría reconoce en él un talento sublime y una obra portentosa. El problema es el soporte. Un autor de canciones no puede ser galardonado con un premio literario (aun cuando un autor de historietas tiene un Pulitzer hace décadas, aun cuando el año pasado el Nobel en literatura fue para una periodista rusa que no escribe ficción, sino crónica). Las canciones no son poesía, Dylan es bueno pero no puede tener un Nobel en literatura, eso no es literatura, sino letras de canciones, etc.

             De la noche a la mañana occidente batalla sobre lo literario.

            Pareciera que toda la libertad que pregonamos, toda la inclusión y la tolerancia en la sexualidad, en el romance, en las drogas, en la concepción, en la estructura de las familias, todo lo irrestricto y lo libérrimo no aplica a la hora de los géneros, que son tomados como algo concebido, cerrado y eterno.

            Pero Shakespeare, ese gran poeta, ¿qué escribía?

III

            Me sorprende un poco la sorpresa con que el mundo toma la noticia del Nobel. Una periodista del New York Times afirma que este año el Nobel en literatura quedó desierto porque dárselo a Dylan es ignorar a los escritores “verdaderos”. En periódicos locales leí que el gesto del premio en realidad dice sin tapujos que en la literatura no está pasando nada. Leonard Cohen, en cambio, dijo que premiar a Dylan “es ponerle una medalla al Everest, a la montaña más alta”.

           Bob Dylan viene siendo considerado para el premio desde que yo era un niño. No es un nombre manoteado al azar o salido de la nada: no recuerdo una premiación en los últimos veinte años en que su nombre no apareciese al menos entre los veinte más nombrados.

            Más allá de que se trate de una legitimación que Dylan no necesita (otra vez el Nobel es el que sale más favorecido de esta asociación), no deja de ser cierto que el premio dará mayor visibilidad a sus letras (que a veces son cuentos de diez minutos, o arengas políticas, o diagnósticos filosóficos, o angustias existenciales, o travesías bíblicas, o las peripecias de un boxeador negro injustamente encarcelado por 30 años, donde siempre están presentes versos memorables que a veces resultan indescifrables en sus canciones, gracias a su voz carraspeada y hermética). El énfasis del Nobel señala con otra luz esas «letras» donde anida un sistema de referencias vastísimo que da vida de una manera refinada y elegante a la historia de la poesía y de la literatura; y a sus escritos, dotados de una destreza exquisita para capturar la voz viva de su contemporaneidad.

IV

         “No será novelista”, dijo Calamaro, “pero ahora es nobelista”. Sea como sea, se trata del primer Nobel planetario. No ya un escritor remoto, de un país lejano o impronunciable, con una obra traducida a pocos idiomas, sino un autor que nos acompaña hace casi seis décadas. Por eso el impacto de la noticia se vuelve colosal: la conversación sobre la pertinencia del premio no compete ya a especialistas, críticos o catedráticos, sino que en este caso interpela al mundo y el debate brinda así una visibilidad que el Nobel no ostenta desde hace tiempo.

        Pero lo más interesante de este affaire es otra cosa: el nobel a Dylan supone una ampliación respecto a los géneros tradicionales, y nos compele a que busquemos más allá de los soportes para experimentar la presencia de lo literario. ¿Tan parco es nuestro criterio que aceptaremos lo literario solo en novelas, cuentos y poemas? 

Dario Fo recibió el Nobel siendo un autor de teatro (Pirandello y Pinter también tienen un Nobel, pero escribían además novelas). Cuando Shakespeare escribía teatro estaba escribiendo el guion de la novela de las tres de la tarde. No solo era considerado un entretenimiento banal, sino que era inconcebible leer teatro, al punto que Shakespeare no vio en vida un libro que compilase sus textos. ¿Es Shakespeare un poeta? De acuerdo, tiene dos poemas largos, y un libro de sonetos (Dylan tiene dos libros publicados). Y casi una cuarentena de obras de teatro. Cuando hablamos de Shakespeare, ¿hablamos de La violación de Lucrecia, o de Hamlet, Macbeth o el Rey Lear? ¿Es pertinente aclarar que Shakespeare era un actor? 

El Nobel no es un premio otorgado a libros, ni a publicaciones, ni circunscripto necesariamente al escritor profesional. Se limita a destacar una obra donde lo literario brilla y persiste. El mayor poeta anglosajón es un actor que escribe teatro, pero Dylan no debe recibir un premio que celebra la literatura.

        Sin embargo, lo literario emerge. No siempre donde ya estuvo, no siempre donde lo esperamos. A veces ocurre en un género menor, en el margen del dogma o por los callejones en lugar de las avenidas principales, quizás para experimentar – fuera del canon y de las reglas de la tradición – las libertades más extremas, las que necesita para ser.

 

V

            Sería una pena rebajar el caso Dylan al sistema binario del sí y del no. Poco importa si estamos o no de acuerdo. La gracia del premio es que plantea una conversación que sería penoso desperdiciar. ¿Qué es lo literario? ¿Dónde está? ¿Es imprescindible hallarlo solo dentro de las tapas de un libro? ¿No sentimos la experiencia de la poesía al ver a Chaplin corriendo por los techos para rescatar al niño, o en el chiste que le cuenta el Joker a Batman al final de The Killing Joke, de Alan Moore, o en el éxtasis de desconcierto adrenalínico e incertidumbre en Lost o en Twin Peaks, o en los versos de Spinetta o Leonard Cohen, o en el cine de Godard o de Woody Allen o de Peter Greenaway?

        La ficción es lo más bello que tenemos. Es una potencia tan sagrada como singular, de la que todavía no queda del todo claro de dónde viene y por qué la necesitamos tanto. Sería un poco petulante de nuestra parte decidir que solo ocurrirá dentro de los parámetros de una novela. Un libro es apenas un continente. Su contenido reposa ahí. Pero también puede vibrar en la voz, también puede habitar lo efímero. ¿Es música solo aquello que suena en un teatro e interpretado por una orquesta? ¿Es música solo la partitura que fue escrita, y no lo es aquella que se improvisa? ¿Es música aquella que es tocada con instrumentos musicales, y no aquella que se logra con objetos no tradicionales?

        No sé: pregúntenle a John Cage.

        En poesía hay una riña irresuelta entre la voz y el poema. La verdadera tradición, por supuesto, está del lado de Dylan. La poesía, en sus orígenes, era un canto y no una escritura. Los poetas ejecutaban su obra en la oralidad, de modo que el poema tenía vida lo que durase la voz que lo soportaba. Los escritos tenían el objetivo de explicar cómo debía ser representado el texto. Los griegos no andaban con una copia de la Odisea bajo el brazo. Nos hemos acostumbrado a nuestra inmediatez al punto de que las cosas nos parecen eternizadas. El libro, más o menos como lo conocemos, tiene 500 años, junto con la imprenta. Pero la poesía está ya en los orígenes, y surge y circula en rocas, en paredes, en palimpsestos, en jeroglíficos, tatuado en el cuerpo pero sobre todo en la oralidad, en el lenguaje, en el relato, en el canto y en la memoria: mana por la boca y se hace carne en la voz.

        Un libro es una máquina de captura. Pero no es la única, y no es indispensable para que la magia ocurra. No, no digo que todo es literatura, ni que cualquier cosa es poesía. Pero el desprecio por los géneros menores, o por la hibridación de soportes conduce solo a negar la experiencia de lo que está vivo y nos habla. Nos arrebata el latido incendiario de una experiencia de lo nuevo a cambio dejarnos entretener con lo ya deglutido, con las certezas sabidas de los placeres serenos de los museos, donde todo ya está acomodado en su estante y etiquetado.

VI

        Jorge Carrión, lúcidamente (y para nada exento de ironía) sugiere que el affaire Dylan habilita una valoración distinta a otros soportes de escritura que adolecían el menosprecio de las artes mayores, como el guion de una serie, los videojuegos y sobre todo el comic (Carrión juega a vaticinar un Nobel en literatura a Alan Moore, y a mí la idea me suena sensata y justa). Este desafío parece conllevar la problemática de la especialización, pero para mí se trata de un argumento espectral. Las prácticas culturales implican el desarrollo de una especificidad, pero esto no significa que debe tomarse el desarrollo de esa herramienta específica como una limitación para la ejecución de la obra, que no puede más que verse enriquecida en el encuentro con otras disciplinas y otras formas, abriéndose hacia la hibridación (esa misma que celebramos en Puig) como un río recibe otros ríos para desembocar en otros en su camino al mar. Más allá de la confluencia de recursos, lo literario está presente en el guión televisivo, en la narración cinematográfica y en el comic como en las letras de canciones. Es este el tiempo en que la conversación sobre el aprecio de su valor tendrá lugar.

        Nuestros tiempos son vertiginosos y la inminencia del abismo es excitante. Los límites parecen perder solidez y se expanden o se reacomodan. La nostalgia se empecina en intentar que el mundo que viene replique al mundo del pasado, pero lo que sea que venga está por verse. Las praxis artísticas, devenidas de la multiplicación de nuevas herramientas, se multiplican a su vez, se mezclan, danzan, reensamblan las piezas dispersas del mundo conocido.

        No es ingrata la tarea de liberar las experiencias estéticas, artísticas y culturales de sus cómodas cárceles, y empujarlas a un más allá de sí mismas, hacia una recodificación de lo real que nos convoque, que nos excite y que nos nombre.


VII

        Quizás lo de Dylan fue una excepción o un traspié de los suecos, y para los años venideros ya habrán regresado a premiar escritores que escriban géneros consagrados y tradicionales. Pero este desliz admite por ahora cierto entusiasmo. El punto será si sabremos o no distinguir la presencia de lo literario. El Nobel importa poco. Pero no sería inoportuno que el affaire Dylan nos sirva para ver que nada terminó todavía, que todo está en juego y que estamos a tiempo de aprender a recibir poesía donde sea que ocurra.

 

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13 comentarios en “Bob Dylan, la poesía, el Nobel y la disolución de las fronteras

  1. Buenas noches! Excelente texto, muy interesante me pareció percibir quizás, algunas matices Derridianas en tanto límite o falta de este en las artes y disciplinas, o tal vez no. Pero cuando termine de leer lo que escribiste, comprendí la apertura que trajo aparejado el designio del flamante merecedor de este galardón. Muy bueno.
    Gracias.

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